Memorias de una limeña

Novela de Alonso Cueto

Adriana Verón Taipe escribe como quien enciende una lámpara en un cuarto antiguo: cada página ilumina un rincón de Lima y, al mismo tiempo, revela una grieta en su propia vida. Cueto aprovecha ese efecto con precisión quirúrgica. Su prosa avanza sin adornos, directa, pero siempre cargada de intención; cada frase parece colocada para que el lector sienta que está leyendo un diario auténtico, aunque la arquitectura narrativa del autor delate el artificio.

El recurso del “documento encontrado” —prefacio, capítulos, epílogo y la inquietante Nota del autor— funciona como un juego de espejos. Cueto simula editar las memorias de una pariente lejana, y esa ambigüedad entre verdad y ficción sostiene la tensión del libro. La voz de Adriana, moldeada con una primera persona que parece espontánea, se convierte en un instrumento para recorrer la Lima del siglo XX y sus personajes célebres, mientras su propia historia se despliega en ciclos de inocencia, violencia, resistencia y deseo.

La religiosidad de Adriana, constante y casi obstinada, opera como un hilo secreto que atraviesa la narración. No explica: acompaña. No concluye: insiste. Es un contrapunto silencioso frente a una ciudad que la juzga, la hiere y, finalmente, la deja en paz.

Cueto construye una novela que se lee rápido, pero permanece. Una memoria que parece real, pero es literatura en su forma más depurada. Es un libro que vale la pena leer.

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