RAQUEL

Cuento

Raquel Uccello está plena de juventud y sueños. A sus 20 años conserva un poco el alma de niña que empieza a morir. Estudia leyes en la universidad y cultiva su hermoso cuerpo en largas sesiones de gimnasio. Pasa incontables minutos peinando su largo y negro pelo frente al espejo. Puede advertir el mágico efecto que sus ojos azules y su tez blanca causa en los jóvenes que zumban a su alrededor. Sus padres, han advertido la metamorfosis de su hija y están un poco mortificados con las constantes llamadas telefónicas que recibe Raquel. Se resignan a pensar que el matrimonio es cuestión de tiempo, aunque abrigan la esperanza que su hija termine los estudios que tanto les cuesta. El amor paternal los ha cegado y no perciben la volubilidad de Raquel.  La niña/mujer lucha contra los dogmas religiosos de su formación escolar y contra la contradicción evolutiva de sus hormonas. Raquel siente vergüenza, pero también deseo. Ha transitado muy sola por el umbral de la maduración, empaquetando su frustración en una costra de voluntarismo y engreimiento. Raquel, puede ser realmente insoportable.

Se ha enamorado de Roberto de Suárez. Es su compañero de facultad. Han hecho amistad en los privilegiados corrillos universitarios, centro de su pequeño, pero exclusivo, mundo social. En alguna de esas usuales fiestas de sociedad, Raquel y Roberto habían consumado su relación.

Alto, atlético, buen mozo y de modales muy refinados, forma parte del equipo deportivo de la universidad. Su carácter ocurrente y alegre, le ha granjeado numerosas amistades. Los catedráticos lo respetan por sus excelentes calificaciones. Viene de una familia de limeñísimo abolengo, pero de extraviada fortuna. Sus padres han hecho muchos sacrificios por darle la mejor educación, intentando que Roberto sea capaz de abrirse paso en una Lima cada vez más heterogénea y en una sociedad cada vez más contradictoria. Es igualmente felíz escuchando a Haendel o al Grupo 5, leyendo a Kant, García Márquez, Hemingway o Baily, viajar en taxi o en combi. Se considera un limeño moderno, fruto de su tiempo y de inusual tolerancia social.

Va finalizando el ciclo y Roberto es conciente de la disminución de sus calificaciones. Reconoce que no se ha esforzado lo suficiente. No quiere defraudar a sus padres. Ellos se esfuerzan mucho para pagar la universidad. Hace pocos años había sido becado debido a su excelente rendimiento y era un alivio al esfuerzo de sus padres. Se sintió muy defraudado. La relación con la bella Raquel lo perjudica.

Raquel, se ufana ante sus amistades. Exibe a Roberto como una presa, pero se ha enamorado locamente de él. Es atractivo, sensible, atento a sus necesidades y caprichos. Roberto tiene limitaciones financieras, pero Raquel lo tolera, es una inversión a largo plazo.

 Por fin se anima a tocar la puerta.  Es una calle de Surco, bastante nueva, con las casas de la nueva clase media. La casa de Raquel es como una casa hacienda en miniatura, subconsciente deseo limeño. Techo de dos aguas de concreto y tejas. Ventanales de madera con barrotes de hierro negro. Paredes de bordes redondeados con arcos que conducen a imaginarios zaguanes. Y puerta de caoba pesadamente labrada símbolo de un inexistente estatus.

            Raquel abre sonriente como siempre y de un salto se abrazó del cuello de Roberto dándole besitos cariñosos en la cara y en la boca. –¡hola, mi amor, como has estado! ¡anoche te extrañé muchísimo! ¡Como quisiera quedarme contigo, junto a ti, dormir juntitos mi amor! – A Roberto siempre le han parecido un poco fingidas las exageradas demostraciones de cariño de Raquel. No se ha percatado que son los remilgos de una joven aun inmadura. Pasaron a la salita de estar, su pequeño nido de amor. A pocos metros del vestíbulo de ingreso y oculto por la escalera de acceso al segundo piso se encuentra la salita. Allí Raquel ha instalado un televisor para poder pasar horas y horas junto a Roberto, entre programas, besos y arrumacos.

-Amor, me llamó Laura, dice para salir el viernes al Boulevard– dice Raquel, aún agitada de tanto saltimbanqui.

-Bueno… podría ser… no se-

-No te preocupes por la plata mi amor. Ya sabes que eso no es importante. Yo le pido a mi papá y se acabó. Yo te quiero así, por lo que eres-

-Si, ya lo se… pero, es que tengo que estudiar, pues-

– ¿Qué, en febrero, en plenas vacaciones? Que te pasa Roberto. ¿Acaso hay algo que te preocupa? –

-La verdad que si- se atrevió a confesar todo- El ciclo no lo he terminado muy bien. Mis notas han caído mucho-

– ¡Bah! Pero si tus notas son excelentes- desdeñó Raquel sin preocupación –Todos los profesores hablan muy bien de ti. ¡Yo no se para que te preocupas! –

– ¡No! Es en serio Raquel. Estoy muy preocupado. Nunca había tenido esa clase de problemas.

– ¡Bueno, si quieres estudiar, estudia pues! – Raquel de un salto se sentó lejos de él en el sillón. Su cara no disimulaba el rictus del disgusto. Sus pobladas cejas caían sobre sus azules ojos. Roberto se sobresaltó un poco. Nunca había hecho sentirse mal a una mujer, es un rasgo de atávica caballerosidad que sus padres habían impreso.

– ¿No te importaría si estudio más tiempo? –

– ¿A qué te refieres? -lo miró intrigada.

-El próximo ciclo… es decir… necesito dedicarles más tiempo a los estudios. Mira, siempre estamos aquí los dos juntos en las noches. Yo se que la pasamos muy bien y me gusta tu compañía…-

-Bueno lo que podemos hacer es vernos solo algunos días Roberto- interrumpió Raquel. La idea parecía viable. Algunos días iría y algunos no para poder estudiar. ¿Pero si estaba enamorado de ella? ¿cómo haría para no pensar en ella, para luchar contra ese fuerte impulso de buscarla, abrazarla, besarla, penetrar en su húmeda juventud? La chica lo está volviendo loco.

-Roberto, ¿estas allí? – Empezaba a juguetear con él nuevamente. Esa sonrisa, sus ojos azules magnéticos. Se moría por ella, era la verdad. La chiquilla lo dominaba con su sola mirada. Era su perdición.

-Estaba pensando- acotó nervioso. Las manos le sudaban, raro en él. Perdía el valor. Podía hacer trizas al equipo rival, podía responder a los mas serios interrogatorios de sus profesores, nunca perdía la calma. Ahora se sentía mal, nervioso, como perro acorralado. Balbuceó algo casi imperceptible –debemos separarnos- Raquel lo miró imperturbable. Su sexto sentido de mujer funcionaba a la perfección. Sabía que podría dominarlo.

– ¿Por qué? ¿ya no te gusto acaso? – Raquel colocaba su trampa.

-No, no es eso- respondió abriendo los ojos y haciendo un ademán como de alejarse.

– ¿Entonces que es? ¿Otra mujer acaso? –

– ¡No! – Ella sabía que Roberto nunca sería infiel. La pregunta era parte de su estrategia. Roberto hacía el esfuerzo por mantener la compostura.

–¿Que hice mal Roberto, en que te he fallado? ¡Por Dios, Dímelo por favor! ¿En que te he fallado querido Roberto? – empezaba Raquel a sollozar.

-No, tu no… tengo que terminar… ¡tenemos que terminar! Debo concentrarme en los estudios, ya sabes, la beca, mi mamá que se esfuerza tanto. No puedo. Tengo que terminar nuestra relación- Roberto sentía que se le iba el alma en aquellas torpes confesiones. Las luces de alarma explotaban en el corazón de Raquel. El motivo era poderoso. No hay muchas armas contra eso. Se sentía frustrada, atacada. Pensó en la madre de Roberto, veía al obstáculo de sus planes, de su futuro, de su obsesión. Hijo de su madre pensó. Roberto se paró de un salto. La cabeza le daba vueltas, la salita, su nido de amor le daba vueltas, su olor lo atraía. Tenía que huir de su olor. De sus ojos, de su hermoso pelo, de su cuerpo perfecto. Tengo que romper el hechizo. No lo piensa, pero lo intuye. Huye, rápido. –Raquel, tengo que irme-

Plan alternativo. ¡Berrinche! – ¡Roberto, no te vayas! ¿Qué te he hecho, dime por favor? – Que fea se le ve, pensó Roberto. Nunca la había visto llorar con tanta fuerza. Su cara estaba desfigurada, roja, arrugada. Dios mío, que desagradable. –Lo siento Raquel, no puedo seguir contigo, ahora me voy. Me tengo que ir- Sintió que ahora decía las cosas con más convicción. Raquel empezaba a convencerse de su dolor. Lo que empezó como una reacción instintiva se iba apoderando de su conciente y quien sabe de su subconsciente también. Se colgaba de la ropa de Roberto. No quería que se vaya. Sentía que las lágrimas se les salían sin control. Su orgullo ya no era importante. ¡Roberto no te vayas! –Casi se arrastraba tras él – ¡No me dejes así, por favor!

            Roberto ya no mira atrás. Tiene que salir de aquella casa. Cogió la cerradura de la puerta y dudó por un instante. En la planta alta los padres de Raquel estarían escuchando todo el drama. Que van a pensar de mi. Giró el pomo de la puerta y ésta se abrió. Allí estaba la calle. Tengo que hacerlo. Raquel continuaba su rabieta gritando cada vez más fuerte. Roberto se soltó delicadamente de Raquel y avanzó con la cabeza gacha. El llanto de Raquel se perdía con cada paso.

            Raquel no dejaba de llorar. Su madre intentaba consolarla diciéndole que son experiencias de la vida y que posiblemente Roberto regresaría pronto. Su padre no le dio gran importancia al asunto. En su juventud había vivido cosas similares. No es el fin del mundo pensó. Creyeron que lo mejor sería dejar que las cosas cayeran por su propio peso. En fin, su hija es joven y bonita y pronto llegaría un nuevo pretendiente que la haga olvidar todo el asunto. Uno o dos días de llanto no la matarían.

            Roberto está muy asustado. Se sentía ruin y malévolo. ¿Cómo le pude haber hecho eso? Se preguntaba. Ella que ha sido tan buena y cariñosa conmigo. Los siguientes días no pudo concentrarse en otra cosa. Leía sus libros, pero su mente estaba en donde Raquel. Pensaba que era inútil seguir así. Hay que darle tiempo al tiempo, pensaba.

            La habitación está descuidada. Raquel no se quita el pijama para nada. Hace que la empleada le lleve un poco de comida al cuarto. La ropa de aquella tarde la ha puesto en el basurero pensando en neutralizar la maldición que emana de ellas. Se siente muy insegura. Al mirarse al espejo se ve fea, despreciable. ¿Por qué? Se queja y llora con amargura. Se duerme de cansancio entre sollozos apretando su peluche. ¡no valgo nada! Se repetía incesantemente.

            Al tercer día tuvo el valor de bajar a la salita. Era un sábado y sus padres habían salido a una reunión social. Las paredes y los muebles le hablan de su desgracia. Mudos testigos de su enorme drama personal. Aun empijamada enciende la TV. Encuentra una película romántica. Un drama de Hollywood. La protagonista era engañada por su perverso y mujeriego marido. Decide suicidarse y a último momento llega el amante arrepentido y la salva de una muerte segura. ¡La muerte! Hermoso camino que la liberaría de tanto sufrimiento. ¿Y el pecado?… seguro que Dios la entendería. ¡Estoy sufriendo tanto!

            Raquel se dirigió al cobertizo donde su padre guarda las herramientas del hermoso jardín que tan prolijamente cuidaba. Se dirigió a la repisa que contenía los fertilizantes y plaguicidas. Tras unos envases nuevos halló aquel frasco de vidrio oscuro cuya amarillenta etiqueta escrita a mano decía: Arsenito de Sodio. Fue hace varios años, pero Raquel lo recordaba como si fuera ayer. Su tío Miguel había traído de su trabajo, aquel frasco misterioso por pedido de su padre. A ella le habían enseñado que era muy peligroso y que nunca lo tocara. Raquel había sido obediente hasta el día de hoy.

Llevó el frasco hasta la cocina. Cogió una coca cola. La vació en un vaso. Para que no sepa feo, pensó. Y le agregó una cucharadita del mortal, incoloro, inodoro e insípido polvo. La coca cola soltó unas cuantas burbujas que luego se disiparon. Caminó lentamente hasta la salita con su mortal bebida, el vaso quedó sobre la mesa auxiliar junto al sillón y se sentó a pensar.

            Roberto está intentando distraerse. Había ido a la universidad a jugar fulbito con sus amigos y luego irían a ver una película en un cine cercano. Los amigos no dejaban en paz a Roberto, es buen jugador, pero aquella tarde parecía un principante. ¡Oye Roberto, estás dormido! ¡Parece que estás enamorado… ja, ja! Estaba jugando realmente mal pero solo él conocía la causa. No puede quitarse a Raquel del pensamiento. Acabado el partido decidió ir a ver a Raquel. La media hora de viaje en autobus le sirvió para poner en orden sus ideas y ver como llegaba la noche.

            Al acercarse a la puerta de la casa se detuvo un instante titubeando. Por fin tocó el timbre.

            El sonido de las campanas asustó a una Raquel sumida profundamente en sus pensamientos. Se levantó de un salto, pero luego pensó – no vayan a ser ladrones- Tímidamente preguntó por el intercomunicador – ¿Quién es?

  • Ro… Roberto-

¡Era Roberto, había regresado! tal como sus padres le habían dicho. – ¡Roberto! – gritó al mismo tiempo que corría hacia la puerta. La abrió con estrépito y se abalanzó sobre él. ¡Roberto, sabía que regresarías. mi amor. ven, entra por favor!

Roberto la siguió obediente como siempre mirando con curiosidad el pijama y el pelo desordenado de Raquel. ¡Pero mírame, Roberto, estoy hecha una facha, no me he lavado ni cambiado! Por favor siéntate, tenemos mucho de que hablar, voy a subir a cambiarme mi amor, espérate un instante, ya regreso… espérate. Raquel se alejaba hacia la escalera y Roberto no había podido pronunciar palabra. Era imposible, no dejaba de hablar. La vio desaparecer al final de la escalera y decidió sentarse en el sillón testigo, entre las paredes mudas de la salita, frente a la TV encendida.

Raquel se sentía triunfante. Se desvistió rápidamente y entró a la ducha. No podía creerlo, Roberto había regresado y con él la confianza en sí misma. El agua ya estaba tibia y Raquel dejó que le cayera aquel chorro revitalizador en su cabeza y en su hermoso cuerpo. Que alegría. Y pensar que hace algunos minutos estaba pensando acabar con su vida. Que tontería, todo tiene solución en esta vida. Mis padres tenían razón. Y al pensar esto recordó el frasco oscuro y su terrible contenido. ¡La coca cola! Regresó a su mente la imagen del vaso colocado sobre la mesita junto al sillón. ¡Roberto! Gritó desesperadamente, tropezando con las puertas y resbalando en el piso de mayólica. ¡Roberto! Gritaba sin respuesta. Bajó la escalera semidesnuda. No, no, por favor. Al llegar a la puerta de salita vio el sillón vacío. Al bajar la mirada vio a Roberto tendido en la alfombra acurrucado cogiéndose el vientre con las dos manos y la mirada vidriosa en los últimos estertores de la muerte.

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