¿Cómo el miedo y el déficit de empatía están destruyendo nuestra democracia?

Martha Nussbaum

Philosopheasy

27 de Agosto, 2025

¿Alguna vez has sentido que nuestra sociedad se tambalea constantemente al borde de la división? ¿Como si estuviéramos atrapados en un ciclo interminable de “nosotros contra ellos”, donde el terreno común se siente como un mito y la comprensión parece imposible? Es un sentimiento que muchos de nosotros compartimos, una sensación generalizada de fractura que parece socavar los cimientos mismos de nuestros ideales democráticos. Señalamos con el dedo a los políticos, las redes sociales, las disparidades económicas, y si bien estos son ciertamente factores, ¿qué pasa si el verdadero enemigo se encuentra más profundo, dentro del tejido mismo de nuestras vidas emocionales?

¿Qué pasa si las amenazas más peligrosas para nuestro futuro colectivo no son solo fuerzas externas, sino las emociones sutiles y corrosivas que permitimos que se pudran dentro de nosotros mismos y de nuestras comunidades? Martha Nussbaum, una de las filósofas morales y políticas más brillantes de nuestro tiempo, argumenta precisamente esto. Ella abre el telón de las dinámicas emocionales ocultas que están erosionando silenciosa e implacablemente nuestra capacidad de autogobierno significativo. Para entender por qué nuestra democracia se siente tan frágil, primero debemos comprender el poder potente e insidioso del miedo.

La «emoción narcisista»: el miedo en el centro

Nussbaum sostiene que la emoción política más peligrosa no es el odio o incluso la pura malicia, sino el miedo. ¿Por qué temer? Porque es lo que ella llama una «emoción narcisista». Piensen en eso por un momento. Cuando realmente tienes miedo, ya sea de una amenaza inmediata o de un futuro incierto, tu mundo se encoge. Tu enfoque se reduce a una cosa: tu propia supervivencia, tu propia seguridad, el bienestar de tu propia tribu. Las necesidades, las experiencias y la humanidad de los demás retroceden, volviéndose irrelevantes o incluso antagónicas a tu propia seguridad percibida. Este egocentrismo hace imposible la empatía genuina. ¿Cómo puedes ponerte en el lugar de otra persona, comprender genuinamente su perspectiva o sentir su dolor, cuando tu propia existencia se siente perpetuamente amenazada? El miedo crea muros, no puentes. Fomenta una postura defensiva, una disposición constante a atacar o retirarse, lo que es antitético al diálogo abierto y al respeto mutuo necesarios para una democracia saludable.

El miedo, especialmente el miedo a la propia vulnerabilidad y debilidad puede deformar la imaginación humana de una manera profunda.

— Martha C. Nussbaum, «La monarquía del miedo»

La descendencia tóxica del miedo: ira, disgusto y envidia

Pero el miedo rara vez actúa solo. Es una emoción fundamental que da a luz a una prole tóxica, cada miembro envenena aún más el pozo de la confianza social y el discurso racional. Nussbaum disecciona meticulosamente cómo el miedo, una vez arraigado, brota en otras emociones políticas destructivas, creando un círculo vicioso que convierte la diferencia en un arma y genera división. Estos son algunos de los niños más potentes del miedo:

  • Ira política: Cuando el miedo se combina con una sensación de impotencia o injusticia, a menudo estalla como ira. Esto no es necesariamente una ira constructiva dirigida a resolver problemas, sino una ira reactiva, a menudo vengativa, dirigida a los enemigos percibidos. Culpa al «otro» de la propia inseguridad, en lugar de buscar comprensión o soluciones comunes.
  • Disgusto: Esta emoción es particularmente insidiosa en política. El miedo a la contaminación o la impureza puede provocar un disgusto deshumanizante para ciertos grupos de personas. Si alguien o un grupo es considerado «repugnante», ya no son vistos como conciudadanos con derechos y dignidad, sino como algo que debe ser expulsado, evitado o incluso erradicado. Esto les quita su humanidad y hace que la violencia, tanto retórica como física, sea mucho más fácil de racionalizar.
  • Envidia: Cuando las personas se sienten inseguras y temerosas de su propio estatus o recursos, pueden sentir envidia de otros que parecen tener más o prosperar. Esta envidia alimenta el resentimiento y el deseo de derribar a los percibidos como «adelantados», en lugar de construir a todos. Crea una mentalidad de suma cero en la que la ganancia de un grupo se ve como la pérdida de otro, solidificando aún más la narrativa de «nosotros contra ellos».

Estas emociones no son solo sentimientos individuales; Están estratégicamente armados en el discurso político para crear una mentalidad de «nosotros contra ellos». Reemplazan los argumentos racionales con reacciones viscerales, convirtiendo complejos desafíos sociales en cruzadas morales contra oponentes demonizados.

La erosión de la empatía y el discurso

La fuerza combinada del miedo, la ira, el disgusto y la envidia crea lo que Nussbaum identifica como un profundo «déficit de empatía». Cuando estamos atrapados en estos estados emocionales, nuestra capacidad de identificación imaginativa con los demás disminuye. Dejamos de ver las diversas perspectivas como oportunidades de crecimiento y comenzamos a verlas como amenazas a nuestra forma de vida. ¿La consecuencia? La confianza social se desploma. ¿Por qué confiar en alguien a quien temes, desprecias o envidias? El discurso racional se vuelve imposible cuando cada declaración se filtra a través de una lente de sospecha y hostilidad. En lugar de escuchar para comprender, escuchamos para refutar, para encontrar fallas, para confirmar nuestros prejuicios existentes. Así no es como funciona una democracia; es cómo se desenreda. Para una inmersión más profunda en los poderosos argumentos de Nussbaum y cómo se desarrollan estas fuerzas emocionales, este video desglosa sus ideas centrales:

Reclamando nuestra humanidad compartida: un camino a seguir

Entonces, si el miedo y sus compañeros tóxicos están destruyendo nuestra democracia, ¿cuál es el antídoto? Nussbaum no solo diagnostica; También señala un camino hacia adelante, uno arraigado en el cultivo de las virtudes y el fortalecimiento de nuestras capacidades imaginativas. Este camino requiere un esfuerzo deliberado para:

  • Cultivar la empatía: Practique activamente imaginar las vidas y perspectivas de los demás, especialmente aquellos que consideramos «diferentes» u «otros». Esto puede ser a través de la educación, el arte, la literatura o simplemente entablando una conversación reflexiva.
  • Confrontar nuestros propios miedos: Reconocer cuándo el miedo está impulsando nuestras reacciones. Interrogar de dónde viene ese miedo y si está realmente justificado, en lugar de permitir que dicte automáticamente nuestras posturas políticas.
  • Promover la autocrítica y la humildad: Reconocer que nuestras propias perspectivas son limitadas y que somos falibles. Esto abre la puerta al aprendizaje y al diálogo genuino.
  • Fomentar una cultura de respeto: Insista en la civilidad y el respeto en el discurso público, incluso cuando esté en desacuerdo fuertemente. El lenguaje deshumanizante es el primer paso hacia la erosión de las normas democráticas.

Nuestra democracia, nos recuerda Nussbaum, no es una máquina autosuficiente. Requiere un cuidado constante, no solo de sus instituciones, sino del paisaje emocional y moral de sus ciudadanos.

Ser un buen ser humano es tener una especie de apertura al mundo, una capacidad para confiar en cosas inciertas más allá de tu propio control, que pueden ser aterradoras y estimulantes.

— Martha C. Nussbaum, «Esconderse de la humanidad: asco, vergüenza y la ley»

La elección que tenemos ante nosotros

La guerra invisible por nuestras mentes no se libra con bombas y balas, sino con emociones. Las profundas ideas de Martha Nussbaum revelan que nuestro actual desorden político no es simplemente un fracaso de la política o el liderazgo, sino una crisis profundamente personal y emocional. El miedo, la ira, el disgusto y la envidia generalizados que vemos desenfrenados en nuestras sociedades no son solo síntomas; son la enfermedad misma, corroyendo los mismos lazos que nos mantienen unidos como pueblo democrático. Nuestra elección es clara: sucumbir a la «monarquía del miedo», encoger nuestro mundo y alienarnos unos de otros, o cultivar activamente la empatía y la comprensión necesarias para construir una democracia verdaderamente inclusiva, resiliente y justa. Esta es una tarea monumental, pero comienza con el reconocimiento de las fuerzas emocionales en juego y la elección de responder con coraje, compasión y un compromiso inquebrantable con nuestra humanidad compartida. El futuro de nuestra democracia depende de ello.

Fuente: How Fear and the Empathy Deficit Are Destroying Our Democracy?

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