El PRECIO DE SER AVIADOR

La carrera aeronáutica militar seduce a jóvenes con presuntuosa vanidad, glamur y la promesa de una vida de aventuras. Ser piloto es el sueño de los valientes que año a año abrazan el oficio de comandar una aeronave. La tecnología ha avanzado a niveles asombrosos de seguridad, las máquinas son mucho más confiables que hace cien años, cuando los primeros humanos se aventuraron hacia la peligrosa frontera aérea. Jorge Chávez dio su vida por la aventura de cruzar los Alpes, José Quiñones en el cumplimiento de misión de combate; más reciente lo hizo Schenone, Vera, Caballero, Maldonado, a quienes vi partir al eterno vuelo de los pilotos que se sacrifican por la patria.

Volar es arriesgado, es el metafísico desafío a dioses celosos de su poder y prestos a poner zancadillas al osado humano que remonte los cielos. El vuelo depende de los límites de la tecnología, pero también del piloto, la pieza más frágil de la ecuación, la más vulnerable y propensa al error, causa de la mayoría de los accidentes.

En retrospectiva, si yo también hubiese muerto aquel día, estoy seguro de que mi padre (piloto militar), mi madre o mi esposa jamás habrían reclamado nada a la institución. Ir a combatir fue una decisión personal y voluntaria. Como dice el poema: “no hay congojas, no hay temores, no hay reproches…”.

Día a día todo militar se arriesga para cumplir con su deber; el piloto que remonta el espacio lo hace voluntaria y soberanamente. Si algo sucede, no habrá reclamos, no habrá reproches. Por eso, ser militar es duro. La sociedad pretende degradarse hasta lo pueril, impugnando la virilidad que exigen los ideales patrios, trivializando la carrera militar a una simple profesión más, apocándose ante los riesgos, repudiando responsabilidades y huyendo de los peligros inherentes e inevitables. Pululan abogados buitres de dinero, no profesionales; incitando a demandas, reduciendo la vida de un valiente, a una simple pila de monedas de plata. Es el ejercicio de la codicia que pretende convertir los sueños juveniles en banal materia.

Enfrentar a la muerte exige madurez, valor y la templanza que impulsa la trascendencia de los héroes al infinito de los tiempos. El mejor ejemplo lo legó el gran almirante Miguel Grau al dejarle estrictas instrucciones a su esposa, doña Dolores Cabero:

“No pidas nada, no aceptes nada. Lo que se hace por la patria no se premia.”

Que la virtud y virilidad militar no mueran en el húmedo cenotafio de Ashley. Que su valiente y femenino sacrificio sea símbolo de valor y entrega por la patria.

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