“Frente a una barra de un bar uno es inmortal porque el aroma de la muerte desaparece y un cielo de sueños te atrapan en la sed más deliciosa”. La prosa de Eloy Jauregui adorna este centenario bar (1920) fundado por inmigrantes italianos.

El local no ha perdido el lustre de antaño, posiblemente algunas capas de pintura. Pero lo que más ha perdido podrían ser las visitas de ciudadanos con ganas y predisposición para lo trascendente.
En este mundo de andar a toda velocidad sobre la más llana superficie de la banalidad, una visita al bar podría despertar el deseo de inmortalidad e inevitables sueños de grandeza como nos describe Jauregui. ¡Que carajo! De algo hay que morirse, es tanático y escatológico.



Lima no solo es amalgama de gente, es depósito de costumbres que se niegan morir. El Queirolo es una de esas costumbres. Viejo y terco, recibe al sediento y al hambriento también. Pan con jamón, pan con “sanguche”, da igual si se empuja con una buena res o un café.


Camine por el Cercado, por Camaná, sin miedo, sorteando rancios prejuicios porque Lima vive sola (en la práctica ni alcalde tiene) y en la precaria armonía en la que se mezcla el espíritu de sus tradiciones, excéntricos y heterogéneos trashumantes de bar, es posible que logren obtener una experiencia inolvidable convirtiéndose también en “acólito de sus brebajes y un monje de su religión”.
Salud y larga (y cuasi inmortal) vida para aquellos que saben amar y disfrutar.



