LE LUTHIER

El arte de Antonio Huamaní: un ensayo gráfico

La garlopa muerde el fino ébano del diapasón. Con mano firme y confiado en su vasta experiencia, el luthier efectúa la delicada maniobra. Con suaves y rítmicas pasadas, la afilada hoja afeita pequeñas virutas del costoso ébano. No hay mucho lugar para el error.

Atravesamos una pesada puerta hacia un amplio espacio colmado de maderas y máquinas, es la catedral personal de Antonio Huamaní. Es un privilegio capturar la vida de un artista, si esto implica rodearme de madera aún mejor, debido a mi especial relación con ella. El taller del luthier es la mezcla perfecta. Tener el privilegio de observar la creación de un instrumento musical es como un retorno al pasado, una máquina del tiempo que nos alivia del mundo superficial e instantáneo.

Transformar finas tablas de centenaria fibra en aparatos de sublime belleza, requiere el mayor cuidado, altísimas y exclusivas habilidades (no hay dinero para adquirir estos conocimientos) y una pasión que sobrepasa lo conocido. Las manos del artista empuñan con exquisita seguridad los afilados aceros de las herramientas, básicas, pero perfectas.

La sierra de cinta llena el templo con su potente ulular, es difícil hablar. Los rápidos dientes de la larga hoja desgarran la madera del cuerpo de la guitarra guiada con precisión —en mis manos de aficionado constituiría un absoluto desastre— pienso. El corte sigue el contorno del trazo a lápiz y el cordófono toma otra forma, más femenina, más sensual. La música también es imagen, forma, tacto. Cada instrumento está destinado a crear sonidos y también admiración.

La música empieza en estos profanos altares de la madera denominados banco de carpintero, donde el experto luthier va cortando, uniendo, encolando, cepillando, lijando, pintando y puliendo. Cajas, mástiles, clavijeros, volutas, diapasones, cordales y puentes, nacen mediante un proceso similar al del escultor: eliminar el material sobrante. Entonces, un luthier es diseñador, escultor, pintor, músico y también… ebanista.

El cliente solicita, brinda las pautas para su musical deseo, prueba, dirige —no exige—. Como en toda buena catedral, aquí hay paciencia, armonía, como los sonidos que estos instrumentos producirán algún día. Todos saben que lo bueno demora. ¿Deseas algo rápido? Para eso están las tiendas. El verdadero maestro busca algo a la medida de su arte y sabe que toma tiempo.

Quedo agradecido con Antonio Huamaní y sus colaboradores, espero poder regresar y continuar con este ensayo gráfico y disfrutar del calor del fuego de su incomparable arte.

Gracias por la iniciativa estimado Ludo.

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