LA DICTADURA SE PERENNIZA

El régimen de Nicolás Maduro no es solo un peligro para sus ciudadanos, también podría serlo para toda la región, pero existen alternativas para ponerle fin.

Creer en elecciones libre, honestas y con resultados veraces en pleno régimen dictatorial, es un ejercicio de ilusos. La historia latinoamericana está llena de ejemplos de dictadores que usualmente pretenden perpetuarse en el poder. Recordemos a los antiguos regímenes militares de casi toda América Latina, los que hoy vienen siendo reemplazados por gobiernos civiles elegidos democráticamente, pero que camaleónicamente se convierten en sátrapas autoritarios como Díaz Canel, Morales, Ortega, Bukele, Giammattei, Chávez, Fujimori, etc. (sin entrar en más detalle de una histórica lista). Sin importar si es de “izquierda” o “derecha”, el autoritarismo y la perpetuación en el poder es una constante del poder, es la enfermedad latinoamericana. Nicolás Maduro es otro bacilo más de esa enfermedad y, hasta el momento, a prueba de anticuerpos. Una vez que el autoritarismo gana, la democracia queda inerme ante la fuerza de las armas, porque lo que da soporte al autoritarismo son las fuerzas armadas y la policía, detentadores del monopolio de la violencia, paradójicamente asegurado (y positivamente necesario) por las reglas democráticas. De nada valen resoluciones supranacionales o los gritos destemplados de la diplomacia aficionada, ante el mortal plomo. De nada.

El vapuleado pueblo venezolano le quedan pocos caminos posibles. Primero, ejercer su derecho a la insurgencia popular, enfrentar a las fuerzas armadas y la policía a sabiendas que el camino estará regado de cadáveres. Segundo, apelar para que los organismos supranacionales y las Naciones que defienden la libertad jueguen las cartas legales y ejercer presión sobre el régimen, negociando una transición pacífica. El reconocimiento de los Estados Unidos y la mayoritaria adhesión de los países latinoamericanos al legítimo ganador de las elecciones, Edmundo Gonzales, es un paso crucial en esta dirección. Tercero —y en simultáneo— realizar las operaciones clandestinas que debilitarían al régimen de Maduro. El continente americano tiene experiencia en el juego encubierto, el que se libra bajo la mesa de las apariencias, del dinero que compra uniformes y conciencias a todo precio; el mismo juego que  precipitó la caída de Alberto Fujimori. El régimen chavista tiene demasiado tiempo en el poder y eso le otorga la posibilidad de reprimir cualquier rebelión, como la operación “toc-toc” que se estaría llevando a cabo para la persecución de los opositores del gobierno dictatorial.

La regla del juego la impone quien lleve la cartera más codiciada y demuestre interés legítimo en regresar a Venezuela por el camino de la libertad y la democracia, pero solo el tiempo demostrará el legítimo interés en derrocar al régimen y detener la influencia geopolítica de China, Rusia e Irán en Sudamérica.

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