¿Estados Unidos podrá rescatar su propia democracia?

“…Soy un hombre muy inocente…” asevera Donald Trump a su salida del juzgado de Nueva York donde fue hallado culpable de 34 cargos de fraude —La afirmación recuerda al famoso ¡Soy inocente!, de Alberto Fujimori, culpable de peores delitos —. Es muy probable que el juez Juan Merchan no imponga prisión efectiva contra Trump ya que la máxima pena es de solo 4 años y el sujeto no tiene antecedentes penales. Además, esta situación jurídica no tiene precedentes en la historia de los Estados Unidos y la Constitución y las leyes; es la primera vez que un expresidente es condenado penalmente y, ni la Constitución, ni las leyes contemplan un escenario como el actual. El veredicto y sus consecuencias están, enteramente, en manos del juez. Trump tendrá derecho a la apelación y su competencia electoral hacia la reelección sigue vigente. Enorme paradoja moral para un país cuyo sistema democrático y económico se encuentra en visible decadencia.
¿Por qué la primera[1] y mayor democracia del mundo civilizado se encuentra en este agónico trance? Como explican Levitzky y Ziblatt (2018), el sistema político de los Estados Unidos no detalla todas las normas que se han aplicado por 237 años; la mayoría de las veces se basa en tradiciones no escritas y en las interpretaciones del sistema de justicia. En el 2016, los senadores del partido republicano bloquearon el nombramiento de un juez reemplazante nombrado por el presidente Barack Obama.
“Tal como hemos visto, el Senado siempre había aplicado la contención en el ejercicio de su función de órgano asesor y de aprobación de los magistrados del Tribunal Supremo: desde 1866, cada vez que un presidente había dado pasos para cubrir una vacante en dicho tribunal antes de la elección de su sucesor, se le había permitido hacerlo.” [2]
Los senadores rompieron una regla no escrita sustentada por la tradición y esto dio lugar al inicio efectivo del desmantelamiento de las instituciones democráticas. Podría decirse que marca el inicio del “Lawfare”, es decir, la “guerra de la leguleyada” apoyada por abogados sin ética, que hoy abundan en los corrillos políticos, y magistrados cómplices. Lo que no se logra en las urnas, se logra mediante mañas.
Los Founding Fathers de los Estados Unidos, que delinearon las normas democráticas de la nueva Nación, jamás se imaginaron que accedería a la presidencia un sujeto como Donald Trump. Ni en las más alocadas discusiones de los “Federalist Papers[3]” se contempló la elección de un sujeto con desorden de personalidad narcisista, antisocial, paranoia, entre otros[4]. Incluso, su propia sobrina Mary Trump, escribió un libro en el que describe el origen de sus problemas emocionales[5]. Lo más peligroso para las democracias es que el modelo parece replicarse en varios países como Argentina con Milei; Perú con López Aliaga, Fujimori y Humala; El Salvador con Bukele, etc. Sociedades inclinadas a creer en presidentes y dirigentes autoritarios y autocráticos. ¿Cómo llegan al poder sujetos con esas características? Es materia de otro estudio.
El mismo 2016, se iniciara la crisis política en el Perú. No son secreto, pero están muy poco estudiadas, las relaciones políticas internacionales de la “ultraderecha”[6] peruana con los grupos radicales de la misma ideología como, sectores del republicanismo norteamericano y movimientos como Vox de España. En general, propugnan la toma del poder sin importar la forma en que se logre; son los principios del maquiavelismo más ramplón.
Cuando las reglas de la democracia son reemplazadas con interpretaciones jurídicas maniqueas, el aprovechamiento de los vacíos legales, el copamiento y uso de las instituciones del Estado con fines políticos sectoriales y el ataque a actores políticos mediante una maquinaria de propaganda evidentemente mentirosa, las democracias sufren y desaparecen.
Estados Unidos tiene la oportunidad de corregir su amenazada democracia. El juicio a Donald Trump debiera constituir una clarinada para despertar del sueño autoritario que comienza a tomar el mundo por asalto. El liderazgo global y democrático norteamericano debe ayudar a detener los avances de las potencias autocráticas como China, Rusia, Irán y sus satélites; el reacomodo de la geopolítica global avanza hacia la formación de bloques regionales que, inevitablemente, terminará en una nueva conflagración mundial.
Las sociedades deben comprender que la democracia, la real, asegura el diálogo y la paz. Si los votantes prefieren elegir a un autócrata psicótico, entonces, la extinción de la humanidad estará más que asegurada.
[1] La primera democracia fue la griega y luego subsistió durante la República romana; despareció durante el imperio. La democracia reaparece en 1787 con la ratificación de la Constitución de los Estados Unidos.
[2] Levitsky, Steven; Ziblatt, Daniel. Cómo mueren las democracias (Ariel) (pp. 167-168). Editorial Ariel. Edición de Kindle.
[3] The Federalist, comúnmente conocido como los Federalist Papers, es una serie de 85 ensayos escritos por Alexander Hamilton, John Jay y James Madison entre octubre de 1787 y mayo de 1788. Los ensayos se publicaron de forma anónima, bajo el seudónimo de «Publius», en varios periódicos del estado de Nueva York de la época.
[4] https://www.psychologytoday.com/gb/basics/president-donald-trump
[5] Too Much and Never Enough: How My Family Created the World’s Most Dangerous Man. Mary Trump.
[6] El término “ultraderecha” define a los grupos radicales y antidemocráticos que pugnan por el poder sin la ética requerida para el funcionamiento de una democracia sana. La derecha política, democrática e institucionalista, no tiene por qué sufrir el desprestigio de estos grupos radicales.