¡Achú!, llega agosto con sus pestes sumadas a la inacabable pandemia. Tanta mascarilla y lavado de manos no ha evitado el contagio de una molestosa gripe estacional. ¡Me duelen las articulaciones, lagrimean los ojos y corre la nariz consumiendo interminables rollos de papel higiénico (por suerte se acabó la escasez de este)!
¡Achú! “Estas pa’l gato” exclama mi esposa. Miro a mi gato Whisky ¿Qué tienes que ver con el malestar? En realidad, nada.
Cuenta Palma que durante la colonia el hoy famoso jirón Azángaro era denominado “calle del gato”, extraña y felina alusión al hospicio para enfermos y moribundos regido por piadosos hombres de dios, posible destino final de muchos agripados. La Lima colonial y sus usuales pestes, dice la leyenda que es obra de la venganza del cacique Tauli Chuspi, no ha perdido su enfermizo encanto regalándonos gripes y fiebres estacionales que se repiten religiosamente desde antaño.
¡Achú! Estoy para el gato… para el jirón Azángaro, en donde hoy podría encontrar un certificado médico trucho o, cambiarme de identidad para sortear al molestoso virus. Whisky me mira con desinterés felino. Su nombre evoca la tradicional y deliciosa “caspiroleta” remedio de las abuelas para evitar llegar hasta el “gato” o al menos, sentirse feliz en la desdicha.